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jueves, 2 de marzo de 2023

Concepción ideológica del Fin de la Historia



G. H. W. Hegel

Por: Leopoldo Ágreda Lovera.

Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, y todos acudían a la borrachera  producto de la finalización de la Guerra Fría entre los dos polos dominantes del mundo; Francis Fukuyama, tomando las palabras de Hegel, anunció el final de la historia, debido a que el triunfo del Capitalismo no solo era inminente, sino que además, se erigía como el máximo sistema mundial con Estados Unidos a la cabeza, en su papel de única civilización hegemónica.

No obstante, al poco tiempo quedarían en el pasado las tesis de Fukuyama, obligándolo a escribir un nuevo trabajo, aunque ya sus dichos habían marcado un momento del mundo de las ideas.

Hegel, ya había acuñado esta frase cuando observó a Napoleón Bonaparte, en 1806, ingresar en la ciudad de Jena, donde el gran maestro de la filosofía alemana, terminaba su texto “Fenomenología del Espíritu”. 


 Napoleón revisando las tropas en la Batalla de Jena

Esta concepción del fin de la historia, nos refiere al cumplimiento de la teleología, es decir, ya se alcanzó el fin máximo de la humanidad, por lo que, luego de este acontecimiento, la sociedad viviría en la edad de la razón; sin embargo, Hegel al igual que Fukuyama, se desengañaría al poco tiempo.

El Fin de la Historia es también una consecución de la teleología cristiana del Medievo, aunque ahora con un barniz secular, pero que esconde en su interior de manera oculta la misma idea del apocalipsis, es decir, cuando se ha logrado la finalidad de la sociedad y se ha llegado al final de los tiempos; demostrando que el pensamiento cristiano, continúa de manera consciente e inconsciente, manejando los hilos de la civilización occidental.

sábado, 25 de febrero de 2023

San Agustín y el Quiebre de la Percepción Cíclica de la Historia en el Mundo Grecorromano

 


Herodoto, "El Padre de la Historia".

Por: Leopoldo Ágreda Lovera.

La civilización occidental en varios aspectos es heredera de aquel mundo clásico greco-romano que ha llegado hasta nuestros días con filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles, poetas como Homero o Hesiodo, junto a historiadores como Herodoto, Tucidides.

Del período romano se puede rescatar la vasta influencia en el aspecto jurídico, su sofisticada ciencia militar, incluyendo a pensadores como Cicerón, Seneca, entre otros. 

No obstante, la visión de la historia que más influencia ha tenido en el desarrollo del conocimiento histórico occidental no ha venido de este mundo, por el contrario, la concepción occidental de la historia es heredera de la explicación que ofrece San Agustín, luego de reflexionar sobre el saqueo de Roma, acaecido en el año 410 D.C, en su obra monumental “Ciudad de Dios”.


San Agustín de Hipona, autor de la "Ciudad de Dios".

El mundo greco-romano, observaba la historia de dos maneras particulares; una de ellas (la historia como maestra de vida) quedaría vigente hasta el siglo XVIII, mantenida aún por los pensadores ilustrados, la otra de ellas (la visión cíclica de la historia), sería fustigada por San Agustín, en su importante obra “Ciudad de Dios”, trayendo una nueva concepción del tiempo en la historia.

La primera de estas visiones particulares de la historia por el mundo greco-romano, es la visión de la historia como maestra de vida, en este sentido, a través del estudio de los hechos humanos anteriores a nuestra época, se podría tener un acceso al conocimiento de las causas y consecuencias de las grandes glorias y las peores miserias, para de alguna forma u otra, poder evitarlas no repitiendo sus errores, o saber a que atenerse cuando ciertos procesos se llevaran a cabo. 

Esta visión de la historia como maestra de la vida, es patente aún en los filósofos de la ilustración, como señala Martín Caparros, en el estudio preliminar de la obra de Voltaire “Filosofía de la Historia”, que a través de una cita de Lord Bolingbroke, nos refiere: “(…) la historia es la filosofía que nos enseña por medio de ejemplos cómo debemos conducirnos en todas las circunstancia de la vida pública y privada; por tanto, debemos enfrentarla con espíritu filosófico (…)”. Esta visión solo sería superada en el siglo XIX, con el avance de nuevas metodologías y escuelas de pensamiento.


Representación del "Eterno Retorno". 

La segunda de estas visiones es la visión cíclica de la historia, la cual, fue muy importante entre griegos y romanos, gracias a la observación de los diferentes ciclos naturales, en los que veían una correspondencia con los ciclos de las sociedades humanas, comparándolos incluso con las etapas de la existencia, es decir las edades de: nacimiento, desarrollo, decadencia y muerte, muy común para explicar el auge y caída de grandes civilizaciones. 

Esta concepción cíclica de la historia es cambiada en el pensamiento occidental, por San Agustín de Hipona en su “Ciudad de Dios”. 

En esta obra el filósofo cristiano nos explica las causas de la caída de Roma, por parte de las tropas “bárbaras” de Alarico, mediante el argumento teológico que indica, que Dios permitió la caída y el saqueo de Roma por darles éstos, una mayor prioridad a la carne que al espíritu. 

Mediante estos argumentos San Agustín, no solo muestra diversas explicaciones del espíritu y la carne, del bien y del mal, del libre albedrío, y la libertad, sino que puede considerarse el primer filósofo de la historia, ya que a través de ese estudio del espíritu y el alma humana que todos compartimos, ofrece consideraciones de alcance global, rompiendo con la visión cíclica de la historia, al introducir la idea de la teleología, es decir, el fin último de la especie humana que es la conquista del bien y la virtud. 

En este sentido la unificación con Dios, que es a donde los cristianos y San Agustín, aspiran llegar dándole prioridad al espíritu por encima de la carne, es considerada el fin de la historia. 

Esta idea teleológica será retomada por los filósofos posteriores en occidente, y cambiarían el fin último que veía San Agustín, por el progreso de la humanidad racional, el triunfo de la ciencia y la técnica, la abolición de los falsos ídolos, entre otros.

Andrew Johnson, la élite esclavista del sur y las enmiendas del Congreso

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